En La Colectiva tenemos el placer de anunciar los ganadores del III Concurso de Microrrelatos 2026, una edición que ha superado expectativas tanto en participación como en calidad literaria.
Este año hemos recibido un total de 101 microrrelatos, procedentes de Sevilla, Cádiz, Huelva y Córdoba. Bajo el sugerente tema “Cuando el río habla”, las personas participantes han dado vida a historias llenas de creatividad, emoción y compromiso.
Queremos dar la enhorabuena a los dos ganadores y a la ganadora de esta edición, así como agradecer a todas las personas que han participado y han contribuido a hacer crecer este certamen año tras año.
Desde La Colectiva, reafirmamos nuestro compromiso con la cultura como herramienta para fomentar una sociedad más justa, crítica y respetuosa con los derechos humanos.
El fallo del jurado se hace público en una fecha muy especial: el 23 de abril, Día del Libro, un día que celebra el valor de la literatura como espacio de encuentro, expresión y libertad.
Agradecemos especialmente la labor del jurado, que con dedicación y sensibilidad ha hecho posible la selección de los relatos ganadores.
Este proyecto no habría sido posible sin el apoyo de la Diputación de Sevilla, cuya colaboración impulsa iniciativas culturales como esta.
Como asociación sin ánimo de lucro, seguimos trabajando con ilusión para promover la cultura como motor de comunicación, entendimiento y transformación social.
Nos vemos en la próxima edición. Mientras tanto, te invitamos a disfrutar de estos microrrelatos ganadores.
Foto de mohammed idris djoudi en Unsplash
Una operación compleja
José Camacho Camargo
A la operación de cataratas de la abuela acudieron los cinco hermanos de mi madre. Cuando el médico las sajó con el escalpelo y las puso sobre la mesa, ondularon como las yemas de dos huevos. En ese momento todos se situaron alrededor de aquellas diminutas bolas de adivinación. Estaban abombadas y llenas de un líquido metálico que quise identificar como todas aquellas emociones que la abuela había llegado a contener hasta formar esos discos opacos.
El doctor las punzó con una aguja y empezaron a soltar el líquido hacia el suelo del quirófano, después quedaron trasparentes como dos lentillas mágicas por las que se podría observar el mundo. Al asomarse no vieron nada, pero cuando el médico encendió el foco bajo la mesa, todos pudieron comprobar cuál de los hermanos había sido el culpable. Mi abuela, que ya sabía quién era, no quiso señalarlo, pero se levantó y dijo: cuando el río habla no hace falta decir nada más.
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Ventajas de un diluvio
Ignacio Hormigo de la Puerta
Los días que precedieron al diluvio, el río creció. Sacaba pecho y vociferaba a todas horas con un bramido de aguas revueltas, como si quisiera advertirnos de lo que estaba por llegar. Luego las nubes se rasgaron y rompió a llover. Lluvia y más lluvia, un océano entero vaciándose sin tregua sobre nuestras cabezas durante meses. El agua rebasó los zócalos de las casas, después, los dinteles de las ventanas, finalmente, terminó cubriendo los tejados.
Al principio, la vida no resultaba fácil; la ropa empapada, pegada al cuerpo como una segunda piel, los dedos arrugados como garbanzos en remojo, el pelo encrespado, imposible de peinar.
Como a todo en esta vida, acabamos adaptándonos. Nos salieron branquias y aletas, nuestros cuerpos se estilizaron, haciéndose más hidrodinámicos al tiempo que se cubrían de escamas.
Ahora surcamos este mundo acuático como centellas; hoy aquí, mañana allá, sin tener un hogar que nos lastre con el miedo a perderlo. Nunca habíamos sido tan libres.
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Sucia de barro
Encarnación Pérez Luque
El río se arrastraba lento hacia el mar. La niña aprendió de él a ser oscura, silenciosa.
El río le hablaba. Entre los juncos, rodeada de carrizos y espadañas, el olor a salitre la inundaba.
Volvía a casa despacio, limpiando lodo de sus pies.
Todo olía a ajo. Su padre comía, las manos oscuras, agrietadas, ella revolvía su plato, los ojos fijos en aquellas manos. Su madre trajinaba, sirviendo, retirando restos.
El silencio, espeso como la sopa, traía sonidos del agua golpeando el lodo de la orilla.
Aquella noche, el viento en los arrozales pronunciaba su nombre. Las manos oscuras, sigilosas, volvieron a abrir la puerta de su habitación. Ella ya no estaba allí, temblando de asco. Había vuelto al río.
Caminó descalza, los tobillos fríos de limo. En las piernas, una pesadez irreversible. Aceptó entregarse al río.
Aquella mañana, arrodillada, sucia de barro entre los juncos, su madre. El silencio cómplice roto.
Un alarido de dolor barríó la marisma.









